viernes 4 de marzo de 2011

El orfebre y el Diablo (3 de 3)


3. La herradura del Diablo o “Antes se pilla a un mentiroso...”.

Desde la esquina de la calle principal, un hombre observaba la entrada del estudio de tatuaje “El Orfebre”. Llevaba un chubasquero y el gorro calado hasta las cejas para protegerse de la intensa lluvia que no había dejado de caer durante toda la tarde. Con una mano sostenía una bolsa de papel, de la que sobresalía el cuello de una botella. Dio un trago largo de Jack Daniels y se pasó el dorso de la mano por la boca. Escupió a un lado, tratando de reunir el valor suficiente para avanzar y llamar a aquella puerta. Pero en el momento justo en que se disponía a dar el primer paso, alguien se le adelantó, así que decidió esperar a ver qué ocurría. Un hombre muy alto y delgado en el que no había reparado, protegido con un gran paraguas negro, emergió de entre las sombras y con decisión aporreó la puerta del estudio.

En el interior de “El Orfebre”, Dunstan Balton dio un brinco sobre la silla. “¿Y ahora qué?” se preguntó “¿Es que no tiene la gente bastante? con la que está cayendo...”. Dejó su guitarra LesPaul Custom sobre la funda, con cuidado, y fue a abrir. Antes, echó un vistazo por la mirilla, pero lo único que vio fue un inmenso paraguas. Vaciló un instante. Su sentido común le decía que sería mejor no abrir la puerta, pero despejando las dudas con un chasquido de la lengua, abrió.

-¿Qué desea?

-Quisiera hablar con el propietario.

-Soy yo, pero el estudio está cerrado.

-¿No aceptáis walk-in?

-Sí, pero te repito que está cerrado. Tendrás que volver mañana.

-Imposible. Sólo me quedo hoy en la ciudad. Además, pagaré bien. Lo habitual. Más un suplemento por la molestia.

Dunstan miró de arriba a abajo a aquel hombre. Pelo largo, cara pálida, perilla, todo vestido de negro y muy alto y delgado. “Siniestro, pero no parece un yonki” pensó. Consideró por un momento la situación y se convenció a sí mismo, diciéndose que el bebé acababa de nacer y que todo dinero era bienvenido en aquella situación. La realidad era que aquel día no había trabajado y le apetecía pinchar un poco. El desconocido parecía ansioso. Dunstan se hizo a un lado.

-Adelante.

La sala de espera del estudio brillaba. Era un lugar limpio y acogedor. Las paredes estaban cubiertas por tabiques de madera, que le daban a la estancia cierta calidez y aun aire rústico. Había cuadros con las fotografías de los mejores trabajos, un sofá de color crema y una mesa de cristal en el centro. En una esquina, estaba la mesa que usaba la mujer de Dunstan como secretaria, recepcionista y tesorera del estudio y que en adelante ocuparía otra persona, pues Priya debía ocuparse durante un tiempo del bebé.

Pasaron de largo y entraron en la habitación contiguo, en la que Dunstan realizaba los trabajos. Dada la excepcionalidad de la situación, no creyó que fuera necesario ningún formalismo previo. Allí tan sólo había un sillón para el cliente, una mesita de trabajo y una estantería con libros.

Dunstan le indicó al siniestro personaje dónde podía dejar el paraguas y puso su chaqueta junto a la calefacción para que se secara un poco, pues también estaba algo mojada.

-¿Y bien, tienes algo pensado o quieres ver los books?

-La verdad, es que no lo sé.- se encogió de hombros. “Vaya, otro colgado”, sentenció Dunstan para sus adentros.

-Entonces los books.- Cogió de la estantería los libros de ilustraciones, algunas de su propio puño y otras realizadas por artistas amigos, y se los tendió al desconocido.- Aquí tienes. Si ves algo que te gusta, házmelo saber y prepararé el calco en seguida.

-Claro. Pero... estoy interesado en algún diseño de tu creación.- Dunstan lo miró intrigado. Le extrañó que aquel hombre supiera quién era, pues su fama como tatuador era, cuando menos, discreta. Volvió a fijarse en él con mayor detalle. Le resultaba vagamente familiar, cómo si se tratara de un compañero del instituto al que no veía desde hacía muchos años.

-¿Nos conocemos?

-Puede que nos hayamos cruzado alguna vez..

-No se me ocurre dónde puedes haber oído hablar de mí o haber visto alguno de mis dibujos. ¿Has estado en Amsterdam?

-Hace años que no voy por allí. Quizá tenemos algún amigo en común

-¿Algún amigo? ¿Tatuador?

-Bueno...- Una sonrisa un tanto burlona apareció en el rostro del hombre.- Más que un amigo es un conocido que se dedica a esto. Osbern, se llama.

Una punzada de dolor recorrió una vieja herida en el corazón de Dunstan. El desconocido pareció notarlo y su sonrisa se ensanchó.

-¿Osbern, dices?.- Preguntó como si no le sonara. Y mintió.- No conozco a nadie que se llame así.

-Seguro.- dijo con evidente irónía.- es un nombre poco común.

-¿Y tú te llamas?

-Llámame Eadwig. Tampoco es muy corriente, pero igual de difícil de olvidar.- La herida se dilató y sangró un poco más.

-Pues en fin, Eadwig.- dijo y apartó unos cuantos libros- Estos son los míos. Echa un vistazo y dime qué te gusta. ¿Alguna idea?

-Me gustan los tatuajes con motivos religiosos.

-¿Religiosos?.- más sangre en forma de recuerdo.

-Sí, me parece una manera muy creativa de mostrar fe en el Bien….-sonrió.- y en el Mal.

Eadwig pasaba las páginas sin prestar demasiada atención a los diseños, le pareció a Dunstan. “O mucho me equivoco, o tú no estás aquí por los tatuajes”, pensó. Cuanto más miraba al espigado y paliducho cliente, mayor era la sensación de familiaridad que sentía. “Yo te conozco, seguro, nos hemos visto antes pero... ¿dónde?”. Eadwig levantó la mirada del libro, como si acabara de tener una idea reveladora.

-Ya está, creo que lo tengo.

-Déjame ver...

-No, no. Quiero decir que tengo una idea, no lo he visto en el libro.

-¿De repente has visto la luz, eh?.

-No, no es así.- Aseguró con suavidad. Un resorte saltó con un sonoro click en la mente de Dunstan. Lo tenía. Ya sabía quién era.- Nada más lejos de la realidad. Pero puede que se me haya ocurrido algo interesante. A ver qué te parece...

-Soy todo oídos...

-¿Qué tal una cruz invertida, con San Pedro, y un heavy con los cuernos levantados, arrodillado, adorándole?

-Creo...- Dunstan se controló a duras penas. Intentó disimular lo mejor que pudo, pero por un momento pensó que aquello era demasiado. Al final, lo consiguió.-... sí, creo que en algún cajón tengo algún diseño parecido. Déjame que lo busque.

Muy a su pesar, Dunstan tuvo que darle la espalda a Eadwig. Se dirigió a una de las estanterías de la pared, en la que junto a los utensilios para realizar piercings, guardaba más libros. Se puso a abrir cajones. Sentía cómo Eadwig se movía a su espalda, pero la sola idea de girarse y comprobar lo que allí había, le tenía aterrado. Pensó en su esposa y su hijo e intentó serenarse.

-¿Sabes, Dunsie?

-¿Qué?.- preguntó dando un ligero respingo.

-¡Creo que acabo de recordar de qué nos conocemos!

Dunstan vio a Eadwig reflejado en un pequeño espejo de la estantería y cómo este, se iba a abalanzar sobre él, armado con el paraguas cuya punta metálica estaba afilada como un diablo. Justo a tiempo, se apartó y Eadwig descargó su golpe, con una furia tremenda, sobre la estantería, partiéndola en dos como si fuera mantequilla. El paraguas quedó atrapado en la madera del fondo. Dunstan había agarrado con disimulo las largas agujas que utilizaba para perforar a los clientes que querían un piercing y las blandía, una en cada mano. Sin dar a su adversario tiempo a reaccionar, lanzó una estocada hacia su rostro.

Eadwig lanzó un grito de dolor horrible, y un chorro de sangre negra fue a salpicar contra la pared. La aguja de los piercings le había atravesado la nariz. Para sorpresa de Dunstan, no hizo nada para liberarse, lo único que hacía era retorcerse y aullar de dolor, mientras de su nariz empezaba a surgir un fino hilo de humo, cómo si su piel se estuviera quemando.

-¡Plata!...- Gritó.-... ¡¡¡PLATA!!!

Dunstan comprendió enseguida. Aquel ser, fuera lo que fuera –cosa que Dunstan sospechaba pero no quería amitir- era, en extremo, sensible al metal noble. Le inutilizaba, dejándole sin fuerzas, privándole de cualquiera que fuera su poder. Así que aprovechó para retorcer un poco más la aguja y Eadwig cayó de rodillas.

-¡Para!

-¿Qué?

-¡PARA!.- repitió.- ¡Que pares! ¡Maldito bastardo!

-Esa no es la actitud... Eadwig, viejo amigo.- amenazó Dunstan, sintiéndose cada vez más seguro de sí mismo. Primero retorció aun más y luego, aflojó un poco.

-¡Para! ¡O te juro por los fuegos que arden en el infierno que te arrepentirás!.- Pero el tatuador volvió a retorcer la aguja de plata.

Esta vez, empujando hacia arriba, obligando a Eadwig a ponerse en pie. Su cuerpo despedía chispas de color rojo y amarillo, como si se tratara de un horno que estuviera a punto de estallar. Una vez estuvo erguido, Dunstan, acercó su cara peligrosamente a la de él y con mucha calma y un intenso desprecio añadió:

-Más te valdría jurar que cuando te eche de aquí no volverás nunca...

-¿O qué?

-O usaré esta otra...- Levantó la aguja que tenía en la otra mano y la acercó a la cara de Eadwig.-... y te sacaré los ojos. ¿Tú qué crees? ¿Volverán a crecer?

En el callejón, el misterioso hombre del chubasquero se debatía entre el miedo, la indecisión y la curiosidad. Hacía semanas que rondaba las calles adyacentes al estudio –desde que supo de su apertura- pero hasta aquella tarde no había reunido el coraje suficiente para presentarse allí. Ahora que lo había conseguido, se encontraba con la mala suerte de que se le habían adelantado. Esperaba que no se tratara de alguien que hubiera ido allí a ajustar cuentas o algo semejante, privándole a él de su propio encuentro con el dueño del estudio. Una vocecita interior –aquella que siempre le llevaba al lugar oportuno en el momento adecuado- le advertía de que eso era precisamente lo que estaba ocurriendo.

Con un cabeceo, se dijo que lo que pasara aquella noche no era de su incumbencia y que en todo caso, no tenía por qué pasarle nada malo al tatuador. Tendría otra oportunidad más adelante. Se dio la vuelta y caminó hacia la salida del callejón, mientras levantaba la bolsa con la botella de Jack para dar otro lingotazo.

Sintió algo venir hacia él y paró justo a tiempo. Visto y no visto. Una ambulancia pasó a todo gas, rozándole el cuerpo. La botella cayó de sus manos y se hizo añicos contra el suelo.

-¡Eh! ¡Gilipollas!.- gritó. Hubiera jurado que en el interior de la ambulancia, de copiloto, había visto a Aldred el dueño de la taberna, llorando.- ¡Mi botella!

Se quedó mirando los cristales rotos y la bolsa empapada de licor y en aquel momento tuvo un ataque de ebria suspicacia. Detrás de ese “casi-accidente” había algún tipo de señal. “Esto ha ocurrido por algo”, se dijo, “Es una segunda oportunidad. Debo ir allí y hablar con él ”.

Giró de nuevo sobre sus pasos y con un inaudito paso firme para su avanzado estado de embriaguez, avanzó hacia la entrada del estudio, para comprobar con sorpresa, que la puerta estaba abierta.

Dunstan usó las agujas de plata para clavar las manos de Eadwig a los brazos del sillón que utilizaba para tatuar. Aullaba de dolor.

-¡Morirás Dunstan!. Algún día morirás. ¡Y no serás el primer ni último Balton que venga a pasar la eternidad a mi casa!.- Dunstan lo miró con una mezcla de miedo, tristeza y odio. Estaba amenazando a su familia, y esa amenaza escapaba a su control y a sus capacidades.

-Es posible... es posible... ¿Pero sabes qué?.- le dio una sonora bofetada.- Voy a disfrutar mientras tanto. Esta por el pobre tonto de Adelmo.

Al principio, tuvo miedo de apartarse y de que las agujas no fueran suficiente para detenerle. Sin embargo, resistieron. Empezó a preparar su máquina de tatuar, con mucho cuidado, pendiente en todo momento de Eadwig.

-Lo que sigue es por adelantado. Un seguro para mi hijo y mi descendencia. Tenlo en cuenta.

-¡¿Qué vas a hacer maldito?!- Cualquiera hubiera creído que tenía miedo.

-Controlar mi demonio interior... reza porque lo consiga, Eadwig... si es que puedes rezar.

Dunstan le quitó la bota y el calcetín del pie derecho. Sin ningún miramiento ni cuidado –ni utilizar desinfectante, que por otro lado, hubiera sido estéril en este caso- comenzó a trazar líneas en el pie de Eadwig. Este se retorcía de dolor en el sillón, con las manos atravesadas por las agujas de plata y las de tatuar perforando la sensible piel de la planta del pie. Llamas rojas y amarillas cubrían a Eadwig y sus pupilas negras ocupaban todo el globo ocular; sus ojos eran de un color negro más oscuro y profundo que el de cualquier tiniebla.

La cara de Eadwig cambió de forma en tres ocasiones, primero su rostro fue el de Olga, pidiendo clemencia por el amor que habían sentido una vez. Luego fue Adelmo, quién aseguró que estaría esperándole en el infierno para darle su merecido. Por último, Osbern, que se reía de sus hablidades como tatuador, su fracaso como músico y hacía menciones a las lujuriosas noches que había compartido con Olga sin que él supiera nada.

Dunstan intentaba permanecer sordo a todas aquellas pullas, aunque dolían más de lo que se hubiera imaginado. Esa noche había de servir para que sus heridas interiores sanaran de una vez por todas, o acabaran con él. Lo único que podía hacer era concentrarse en el tatuaje, aunque no se esmeró demasiado en la perfección del dibujo. Quería que la forma tuviera un sentido y que no quedaran dudas de qué se trataba, no que fuera una obra de arte.

Una vez hubo terminado con el pie derecho, comenzó a desabrochar la bota del izquierdo. Eadwig sudaba sangre, de manera literal, y su frente estaba perlada por gotas rojas de sudor. Cuando encontró fuerzas para hablar de nuevo, su tono, poco creíble, parecía conciliador, casi suplicante.

-Deberías reconsiderar esto, Dunsie...

-Si lo que quieres es hablandarme el corazón, demonio, te recomiendo que dejes de utilizar ese nombre.

-Está bien, está bien, no te pongas así.- Intentó esbozar una sonrisa amistosa.- Pero piénsalo, en realidad yo no te hecho nada.

-No, claro. No has podido. Aun.

-Venga, por lo que más quieras...- Se estaba poniendo nervioso y la voz le temblaba.- ¿Quieres que jure?

-Déjame que lo piense.- fingió Dunstan.- Teniendo en cuenta que se te conoce cómo el Príncipe de las Mentiras... ¡No!.

-Sí, sí, lo haré.- Dunstan lo miró fijamente, rebuscando el menor atisbo de engaño. Parecía sincero. El caso era saber si sólo lo parecía, o lo estaba siendo.- No habrá letra pequeña, esta vez no. No será un contrato. Te contaré algo...

-Escucho.

-Todos aquellos que pactan conmigo, que quieren un trato de favor, tienden a olvidar la letra pequeña... quiero decir, la manera en cómo se puede interpretar su petición, su parte del trato. ¡Vamos! ¡Pero si hasta esta parte sale en las películas!.- Y entre dientes añadió, de una manera que, por la situación en que se veía envuelto, era divertida, siniestra y trágica a la vez.- Parece mentira que sigan cayendo de esa manera.

-Lo pensaré.- Pero no se detuvo en sus acciones. Le quitó la bota a Eadwig. Cuando tenía el calcetín ya en las manos, levantó la vista y esbozó una sonrisa.- Quizá...

-¡Sí! ¡Eso es! ¡Lo tienes! Venga... propón un trato.

-¡Nah! Es una tontería. Jamás aceptarás.

-¡Claro que sí!.- Eadwig creía ver una vía de escape.- Te doy mi palabra.

-Está bien. Debes prometer que de ahora en adelante jamás, en toda la eternidad, irrumpirás en ninguna casa que esté protegida por el símbolo que te he tatuado en la planta del pie.

-¿El símbolo? ¿Cual es? ¿El escudo de tu casa, los Balton?

-Dejémoslo...

-Te lo juro.- dijo con avidez.

-No, no es así.- Una mirada de odio fulminó a Dunstan por esta burla.- No quiero que jures. Tú no juras. Prométemelo.

-Es lo mismo…

-No. Es una cuestión de semántica. Como en una Carta de Derechos. Tú y yo solos, los dos sabemos a qué me refiero. Prométemelo, dame tu palabra. Firmemos, si quieres. Con nuestra sangre, si es necesario....- Eadwig lo miró con suspicacia, sin saber si lo decía en serio o sólo le devolvía una vieja pelota que había quedado colgada, a su campo.

-Deacuerdo. Prometido. Palabra dada.- Se dio por vencido.- Ahora suéltame.

-Pensándolo mejor...- empezó a decir Dunstan, mientras activaba el motor de la máquina de tatuar.

-¡Traidor! Dijiste que...

Oyeron un ruido de algo que caía. Junto a la puerta, un hombre que se cubría con un chubasquero, les contemplaba boquiabierto. Dejó caer la capucha y su rostro quedó al descubierto.

-Dios mío...- fue lo único que dijo.-... o no, mejor retiro lo dicho...

-¡Edmund!.- Gritó Dunstan, cuando por fin reconoció los rasgos de su viejo amigo.

En aquel momento de sorpresa e indecisión, el tiempo pareció detenerse en un instante eterno. Los movimientos de todos se ralentizaron, cómo si un editor de vídeo hubiera decidido incluir una escena en cámara lenta en la película. Con un irónico esfuerzo, sobrehumano debido a su propia naturaleza, Eadwig levantó uno de sus brazos y liberó su mano de la aguja deslizándola a lo largo de ella. Un chorro de sangre cayó al suelo, desde el agujero que le atravesaba la extremidad. Utilizó la mano libre para arrancar la otra aguja y en el mismo movimiento, con una rabia y una fuerza increíbles, que desprendieron un chispazo, clavó la aguja en el hombro de Dunstan. Para buena fortuna del tatuador, fue una estocada imprecisa e impulsiva y la aguja pasó tres centímetros por encima de su corazón, órgano que había intentado alcanzar Eadwig con la puñalada traicionera. La aguja dejó ver su extremo por la espalda de Dunstan, pues le había atravesado de lado a lado. El impulso le lanzó contra el suelo, y la velocidad de la imagen volvió a la normalidad. Eadwig señaló a Edmund con odio.

-¡Tú! ¡Todo es culpa tuya! ¡Tú nos y tus idas y venidas nos metistéis en este lío! ¡Muere!.- Se levantó con un salto del sillón. Las llamas rojas lo envolvían. El movimiento fue espectacular y rápido. La cara de Edmund mudó del estupor al terror en un milisegundo, pero cuando Eadwig fue a aterrizar justo delante suyo, cayó de bruces al suelo, retorciéndose de dolor, agarrándose con las dos manos la pierna derecha. Gritó.

Edmund no comprendía nada de nada. En el otro extremo de la habitación Dunstan se levantó aturdido, llevándose la mano derecha junto al hombro izquierdo, dónde la aguja le había herido.

-Veo que hablaste en serio, Eadwig. Este dolor te lo has provocado tú mismo.- Afirmó con el triunfo dibujado en su rostro.- Es tú promesa. Mi tatuaje. El símbolo protege mi casa, este estudio. Debes marchar de aquí ahora mismo, Diablo. Mientras permanezcas entre estas cuatro paredes el dolor de ese pie, de esa pierna, no cesará y no podrás hacer nada para evitarlo. Ni siquiera Tú podrás soportarlo y ahora ¡Vete!

-¡¿Qué me has hecho?! ¡¡¡¿Qué me has hecho?!!! ¡¡¡Hijo de perra!!!.- Parecía estar haciendo algún tipo de esfuerzo.

-¿No funciona, verdad? Ni siquiera puedes usar tu poder para esfumarte. Deberás salir por la puerta, cojeando y humillado. Una vez la cruces en esa dirección, jamás volverás a poner tus pies en ninguna casa protegida por este símbolo.- Y añadió cansado.- Te vencí.

Eadwig se puso en pie, impulsándose con los brazos, apoyándose en la pierna izquierda. Las manos aun le sangraban, tenía la nariz chamuscada, la frente exhibía aquel sudor sanguinolento y al caminar cojeaba ostensiblemente. En aquel momento, era la viva imagen de la derrota. Se dirigió hacia la salida, pero antes de abandonar el estudio de tatuaje, habló una última vez.

-Sí, has vencido.- añadió.- Por ahora.

-¡Huye cojo mentiroso!.- se burló Edmund. Eadwig los miró con odio.

-Nos volveremos a ver.- Se sumergió en las tinieblas que le esperaban más allá de la puerta.

-Seguro...- sentenció Dunstan, con amargura.

Edmund y Dunstan quedaron solos en el estudio. Durante muchos años, Edmund no había parecido tan sobrio como en aquel preciso instante. Cómo si se hubieran visto el día anterior, le dijo a su amigo:

-Deberías perder esa costumbre de dejar la puerta abierta.

-Bueno, ahora ya no importa...

-¿Qué le tatuaste?

-Una herradura, Edmund... una herradura.- Sonrió.