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1. Bruno.
En Otoño. Bruno siempre había creído que se volvería completamente loco o moriría en Otoño. La estación en la que caían las ojas, la lluvia enfriaba el ambiente y los días oscurecían cada vez más pronto. De tanto creerlo -y de tan poco decirlo- fue precisamente eso lo que ocurrió.
Sus predicciones se cumplieron con trágica exactitud el día en que el Otoño cobraba una entidad casi física: la vigilia del día de Todos los Santos, el 31 de Octubre. El Halloween Yankee. El Samhain de los Celtas. El día en que la puerta entre el mundo de los vivos y los muertos quedaba sólo entornada. Cualquier creyente, pagano o cristiano, que hubiera visto a Bruno en sus últimos momentos hubiera jurado más tarde que llevaba en la cara escritas las ansias por cruzar al otro lado lo más rápido posible.
Aquel día, Bruno se despertó inquieto. Junto a su casa las excavadoras habían estado trabajando durante toda la noche a un ritmo frenético y seguirían haciéndolo durante todo el día. Los camiones cargados de tierra habían comenzado a entrar y salir del recinto de la obra a partir de las siete en punto. Las tuneladoras que oradaban la tierra lo hacían con precisión milimétrica, pero dejando tras de sí un zumbido y un ligero temblor, que se colaba en sus sueños amplificado hasta un volumen ensordecedor.
Abrió los ojos y retiró sus sábanas de un manotazo, dejando que el frío le hiciera encogerse en la cama. Miró el reloj despetador. Las nueve. Se levantó con un quejido y un juramento “¡Joder!¡Ostias!”, en voz baja para que su compañero de piso, al que podía oír preparando el desayuno en la cocina, no le oyera a él. Se acercó hacia la ventana a tientas en la oscuridad y de un solo tirón, levantó la persiana hasta arriba, dejando entrar la luz blanquecina del cielo de otoño que le deslumbró por unos segundos. Cuando recuperó el sentido de la vista, vio su cara reflejada como la de un fantasma, en el contraluz de la ventana; despeinado y con el pelo grasiento, barba de tres días y unas ojeras que parecían decirle “no has dormido en días, idiota ¿qué se supone pretendes? ¿matarte?”.
Abrió la ventana y una nueva oleada de frío le golpeó el rostro y acabó por despertarlo. Se rascó las legañas pegajosas para enfocar bien. La ventana de su habitación tenía una vista privilegiada de la obra magna que se realizaba tras el edificio; la estación y el túnel para una nueva línea de ferrocarriles. El piso era el más adecuado para verlo, ni demasiado alto, ni demasiado bajo. Los obreros, allí abajo, trabajaban sin descanso, día y noche, para poder cumplir con los plazos asignados.
Respiró profundamente, dejando que el aire gélido de la mañana entrara en sus pulmones, lo retuvo unos momentos y acto seguido lo dejó escapar junto a un grito “¡Vais a hacer caer el puto edificio! ¡Cabrones!”. Nadie lo oyó. Desde la calle, el rugido de los camiones tapó por completo su grito y lo único que vieron los obreros de la superficie fue a un vecino en pijama recién levantado que les observaba fijamente. Manuel lo miró y girándose hacia su compañero, Mohammed, comentó “Ese no ha follado hoy. Seguro”.
Bruno entró en el cuarto de baño mientras aun le zumbaban los oídos. Meó durante un minuto, con ciertas dificultades; señal inequívoca de un cólico nefrítico que nunca llegó a producirse. Se miró en el espejo y se dijo a sí mismo “Vaya cara de zombi, tío”. Se aseó, volvió a su habitación y se quito la parte de arriba del pijama, mientras el sonido de una perforadora le hacía vibrar el tímpano y aun más allá, aumentaba la tensión en su lóbulo frontal izquierdo. “Hijos de puta, hijos de puta”.
Salió a la cocina justo para ver como Raul, su compañero de piso, metía en la fiambrera su comida del día.
-¿Tampoco has dormido nada hoy?- se interesó Raul.
-No mucho. Esos cabrones van a acabar conmigo...- Luego añadió con una sonrisa que nada tenía de graciosa.
-Sí, a veces parece que el mundo entero vaya a venirse abajo.- No quiso llevarle la contraria, pues parecía que estaba algo alterado aquella mañana. Bruno miró a Raul con los ojos abiertos como platos, pero distraído, traspasándole, como si cabilara algo. Su compañero se sintió con la obligación de decir algo más.- Tranquilo, acabarán pronto.
-Sí, seguro.- ironizó.- yo creo que no les conviene mucho darse prisa, y ya puestos a hacer chapuzas, podrían parar de noche.
-En fin me voy al curro o un día de estos se acabará esto del horario flexible, cada vez llego más tarde.
-Sí tío.- hizo con un gesto de indiferencia.
-Aprovecha el día mamón, que tienes fiesta.- y Raul se largó.
Sin embargo Bruno no hizo otra cosa durante toda la mañana salvo permanecer sentado en el sillón de leer, en su habitación, con la mirada fija –aunque perdida- en el corcho de la pared, que lucía repleto de recortes de periódicos ordenados en dos columnas y un montón de fotorafías junto a una de ellas, mientras fumaba un cigarrillo tras otro. Sobre sus rodillas descansaba un cuaderno de tapas negras. Sólo se levantó cuando sus tripas rugieron aun más fuerte que las excavadoras. Fue a la cocina, abrió una ración de canelones precocinados, los calentó en el microondas 7-8 minutos, tal y como rezaban las instrucciones y fue a comérselos al sillón de su habitación, fijando de nuevo la vista en los recortes. Una gota roja de la salsa de carne de los canelones cayó sobre la cubierta negra del cuaderno. Parecía una gota de sangre.
La ventana permanecía abierta. El polvo entraba y ya empezaba a acumularse sobre las estanterías.
A las 18:13 minutos Bruno se levantó con calma del sillón. Se puso unas deportivas que usaba para correr y cruzó el piso hasta la puerta de la calle. Cogió un único cigarrillo y un encendedor. Pero no las llaves del piso. Salió y cerró con un portazo. Bajó por las escaleras y en la planta baja, una de sus vecinas ancianas hizo como que no se daba cuenta de que tan sólo llevaba los pantalones del pijama e iba desnudo de cintura para arriba, “Buenas tardes”, Bruno pasó de largo sin contestar, “Malditos drogatas” pensó la anciana.
Salió a la calle y caminó a lo largo de la acera hasta la entrada de la obra, que permanecería cerrada hasta que apareciera un nuevo camión. Encendió el cigarrillo y se entretuvo dando cinco nerviosos pasos contados, siempre mirando al suelo, arriba y abajo. Arriba y abajo. Una y otra vez. Pasaron junto a él un grupo de colegialas que no dejaron de fijarse que un hombre medio desnudo, caminaba en círculos, susurrando y moviendo las manos como si les fuera a lanzar un conjuro. Cambiaron de acera.
No pasaron más de dos minutos hasta que apareció un camión. El conductor pegó un tremendo bocinazo como aviso y se dispuso a esperar a que alguien acudiera a abrir las verjas. Bruno se acercó al camión por el lado del copiloto, trepó hasta la puerta y la abrió de golpe. El camionero sólo tuvo tiempo de decir “Pero que…” antes de que le atizara un puñetazo de tal fuerza que lo dejó inconsciente. Bruno se abalanzó sobre el camionero, abrió la puerta del conductor y de una patada tiró el cuerpo a la calle. Justo entonces la verja comenzó a abrirse. Nunca había conducido nada tan grande, pero para lo que se proponía hacer sólo necesitaba apretar el acelerador a fondo.
“¡Eh tío! ¡Venga ya!” Gritó Manuel desde la puerta y entonces vio al camionero tirado en la calle. Cuando se disponía a acercarse, el camión se puso en marcha y estuvo a punto de arrollarlo. Pasó justo a su lado aumentando la velocidad. Al otro lado Mohammed gritaba “¡Que está loco! ¡Que está loco!” levantando los brazos con grandes aspavientos.
Bruno llevó el camión derecho a uno de los pozos que se estaban abriendo para dar forma a la nueva estación. En su camino golpeó varios contenedores a su paso y una pequeña máquina que ante el fuerte impacto reventó con una sonora explosión. Nada pudo pararle. Al caer el camión en el pozo seccionó unas tuberías que conducían gas hacia los edificios.
Aun magullado por el impacto, Bruno dio una última calada al cigarrillo y lo lanzó con dos dedos y suma precisión -en un gesto perfeccionado tras diez años como fumador- en dirección a los conductos de gas rotos. La punta del cigarrillo aun naranja.
Se produjo una gran explosión que hizo temblar todo el barrio. Luego, tras apenas treinta segundos de absoluto y sobrecogedor silencio comenzaron a sonar gritos, llantos, alarmas y sirenas.
2. Santos.
Al inspector forense Oliver Santos le encantaba Halloween, sentía una conexión especial con el mundo aquel día. Su trabajo tenía mucho que ver con la muerte, al fin y al cabo. Le gustaba casi tanto como odiaba el día siguiente. Siempre hubo una broma fácil, por su apellido, que parecía divertir mucho a sus compañeros y propiciaba todo tipo de burlas sobre la identidad de su progenitor.
Por otro lado, la noche de Halloween concentraba desde hacía unos años una punta de trabajo para los forenses; y a él le encataba su trabajo, por supuesto. Fiestas que se desmadraban, gente que se empeñaba en todo tipo de rituales desagradables y que se les iban con frecuencia de las manos… Había visto muchas barbaridades la madrugada de Halloween.
El primer incidente de esa jornada, sin embargo, no tenía nada que ver con rituales, fiestas de disfraces enloquecidas o niños desaparecidos mientras jugaban a “truco o trampa”. La explosión de gas había arrasado las obras de construcción de la nueva línea de ferrocarriles y se había llevado por delante la vida de doce operarios –aunque el número podía verse aumentado- y la del sujeto que la provocó.
Tras levantar el cadáver e identificarlo como Bruno G. -25 años- descubrieron que era uno de los inquilinos del edificio contiguo a la obra. Así que se procedió a interrogar a algunos vecinos del chico, que resultó ser un chico normal, trabajador, amable, que pagaba el alquiler con puntualidad y que no daba problemas. Una vieja historia.
-Creeme, los periódicos de mañana irán llenos de toda esa mierda.- le dijo Santos a su compañero, novato, Juanjo.- Que si era buen chaval... que si nadie lo puede entender...
-¿Tú crees?
-Claro. Al día siguiente saldrá otra clase de mierda, sobre trastornos mentales y que algo así sólo se explica si el chaval estaba drogado o loco. Está claro que no era un yonki, o sea que dirán que era un loco. El tercer día empezará un debate sobre salud mental y al cuarto nadie se acordará de las víctimas, ni del chico. Luego desparecerá de los periódicos. En una semana la obra estará igual que antes y habrá el mismo número de currantes. Eso es todo.- miró como metían la bolsa con el cadáver en una ambulancia.- Espero que esto no dure mucho, seguro que por ahí alguien ha decidido honrar a los muertos con sangre virgen.
Juanjo lo miró con cara de asco. Entonces un tercer compañero se acercó y les dio el aviso:
-Ha aparecido el compañero de piso del zumbao. Nos deja entrar. Dice que llevaba unos días raro. - Y preguntó- ¿Venís?.
-Mierda.- dijo por lo bajo Santos. Juanjo le dio una palmada en el hombro y ambos echaron a andar justo cuando empezaba a llover. Santos miró al cielo y mientras extendía una mano con la palma hacia arriba guiñó un ojo por el impacto de una gota de agua.- … ¿y ahora qué más?…
Raul, el compañero de piso de Bruno les hizo el relato de las últimas semanas. Nada nuevo bajo el sol: comportamiento errático, insomnio, progresiva dejadez en la higiene personal. Santos miró al novato alzando las cejas cómo diciendo “¿Ves? Te lo dije”.
-¿Quieren ver su habitación por si encuentran alguna pista?.- preguntó el chico con amabilidad y ganas de colaborar. “¿Pistas? Menudo gilipollas” pensó Santos “Este ha visto demasiados capítulos de CSI". Demasiado tarde para protestar, Juanjo se le adelantó:
-Claro, vamos.- afirmó el novato. “Otro idiota” pensó Santos.
Lo cierto era que la habitación de Bruno sólo confirmaba la versión de Santos. Había un tremendo desorden; papeles tirados por el suelo, con garabatos sin sentido pintados a bolígrafo, estrellas invertidas con cinco puntas cuyas líneas semejaban ramas de árboles y una pared acorchada forrada con recortes de periódico y a su lado, una sucesión de fotografías, mucho más ordenada.
Juanjo se acercó al mural de la pared y empezó a leer en voz alta. “Un terremoto sacude Turquía” y luego “Inundaciones no remiten en Tailandia” aun más “Las centrales nucleares de Japón en alerta tras el peor terremoto desde hace 80 años” y seguía “Un corrimiento de tierras sepulta a 15 personas en un pueblo de Aragón” otra más “La actividad sísmica y volcánica en la isla del Hierro continua en aumento". Santos exclamó:
-Vale ya. Lo capto. El chaval se preocupaba por el medio ambiente.
Juanjo siguió leyendo en voz baja un poco más. Luego pasó a las fotografías y las observó con detención. Mientras Santos se sentó en la cama sin hacer y reparó en un cuaderno negro que reposaba abierto, del revés, junto a la almohada. Lo tomó entre sus manos y lo cerró.
-¿Eso es sangre? - Peguntó Juanjo que había abandonado su investigación. Santos mojó la punta del dedo, se lo llevó a la boca y su compañero no pudo reprimir una mueca de repugnancia.
-No memo. Salsa de carne- Cogió la bandeja vacía de los canelones, levantándola para que la viera el novato.
-Bueno creo que ya sé que ha pasado aquí.
-¿Ah sí, Sherlock? Cuéntame.- Se burló Santos.
-Las fotos de la pared.- dijo señalando a su espalda.- Son de la obra del tren. La primera de ellas es bastante vieja, quizá de los primeros días de trabajo, se suceden hasta hoy. La última es de hoy mismo… de esta mañana.
-¿Cómo lo sabes, listillo?
-Llevan la fecha escrita con boli.
-Sigue.- Empezaba a sentir curiosidad.
-Los recortes de periódico también llevan fecha. Hay uno por cada fotografía. Todos corresponden a ediciones del día siguiente de cada una de las fotos.- Su cara se ensanchó con una sonrisa de satisfacción. La de Santos en cambio mostraba sorpresa.
-¿Cuál es la teoría?
-Creo que el chico creía que las obras, las perforaciones, el trabajo de las máquinas tenían algo que ver con esos desastres. Pero no consigo ver cómo los relacionaba.- afirmó Juanjo. Santos miró los dibujos del suelo, las estanterías con símbolos de religiones paganas: piedras y pequeñas tallas de madera.
-Bueno, creo que empiezo a imaginármelo.- Miró el cuaderno que tenía entre las manos y lo alzó hacia su compañero, como si fuera una amenaza.- Si no me equivoco la respuesta la encontraremos aquí. Creo que la prensa después de todo va a poder contar esa historia sobre trastornos mentales, rituales oscuros y sectas que tanto les gusta.
-Vaya mierda como un piano ¿eh?.
-Eso mismo.- sentenció Santos. Afuera se desataba una tormenta y un trueno se alargó quejumbroso y pareció sacudir el edificio entero.
De madrugada y de vuelta a la comisaría, Santos se sentó en su escritorio para escribir los atestados de lo ocurrido. Las luces estaban ya apagadas y sólo la pequeña lámpara de su mesa continuaba encendida. Le gustaba trabajar en la penumbra y más aun en una noche fría y tétrica como aquella. Conservaba el cuaderno y lo había dejado sobre la mesa, junto a un montón de papeles. Tras estampar su firma en el último informe, se quedó mirando con curiosidad las tapas negras manchadas con la salsa de carne que simulaban un goterón de sangre. Estaba cansado y tenía ganas de irse a casa, pero la única manera de salvar aquella noche de Halloween que no pasaría por una de las más excéntricas de su carrera, parecía ser un poco de lectura de los pensamientos desquiciados de aquel muchacho que había decidido inmolarse y llevarse consigo todo lo que pudiera. Se estiró sobre el escritorio y alcanzó el libro, pensó “Vamos sólo unas páginas” y abrió el cuaderno.
Tras una primera página que sólo contenía la palabra “Instrucción”, unas letras escritas a mano –una mano zurda a juzgar por la inclinación de los rabos de las “l” y las “q”- en la tinta negra de lo que parecía una pluma estilográfica, daban inicio a una corta descripción del contenido:
“Lo primero que debes saber es que el mundo no sólo es mucho más viejo de lo que crees, lo más importante es que comprendas que está Vivo. El planeta tierra respira piensa y se mueve, se dilata y se contrae, corre sangre por sus venas en forma de fuego. Y como todo ser vivo, todas sus partes están interconectadas y son indisociables, formando un todo.
Un todo que tiene una serie de puntos débiles, dónde cualquier daño infligido tendrá una repercusión en cada uno de los demás.
Si dicho daño es superficial, las consecuencias serán mínimas y lo único que supondrán será que la tierra cambie su faz con el paso de los años, los siglos, los milenios y aun los eones; los tecnócratas llaman a ese proceso erosión. Pero si el daño es grave la tierra responderá con violencia causando todo tipo de desastres y como el enfermo que sufre un proceso febril, dejará escapar todo el calor de su cuerpo. Si sus defensas no logran superar la fiebre la enfermedad empeorará hasta la muerte….”
Tras el capítulo de introducción, Santos ya estaba enganchado a la lectura y había perdido completamente la noción del tiempo. Continuó leyendo los siguientes capítulos “Viejos Dioses Olvidados”, “Protectores y Guardianes de la Madre” e “Instrucciones”. Después de aquello seguían un par de páginas en blanco y más adelante la escritura se reanudaba –bajo la tinta de un bolígrafo azul guiado por una mano diferente, la de Bruno- con una serie de anotaciones sobre desastres naturales y los progresos de la obra del ferrocarril. El último párrafo, con fecha a 31 de Octubre decía lo siguiente:
“… cuando Raul se ha ido, ha venido a verme uno de ellos. El que tiene la piel como la corteza de un árbol viejo, dedos como raíces y barba de musgo. Sus ojos estaban negros y no tenía pupilas, me parece que está muy enfadado. Me ha dicho que ha llegado el momento de pararlo. Hoy va a morir mucha gente y mañana será peor, pero yo no estaré aquí para verlo. Debe hacerse, los sacrificios servirán para que el resto pueda continuar. Espero que alguien lo comprenda y aprenda la lección…”
Santos cerró el libro y lo dejó con cuidado sobre la mesa. Abrió su paquete de tabaco, cogió un cigarrillo y lo encendió, del cajón sacó uno de aquellos ventiladores pequeños y lo puso en marcha para deshacer el rastro de humo.
Juanjo le despertó. Se había quedado dormido en el sillón, delante del escritorio. Tenía los músculos del cuello agarrotados y durante el resto del día sufriría un molesto agarrotamiento, lo sabía. Cuando recobró un poco el dominio sobre sí mismo, se levantó y se metió la camisa por dentro de los pantalones.
-¿Te vas?
-Voy a por un café y algo para desayunar. Volveré en una hora.
-¿Lo has leído?.- preguntó Juanjo señalando al cuaderno.
-Sí. Échale un vistazo, el chico era original, por lo menos.- confirmó.- Demasiado afectado con todo eso de los druidas, la madre naturaleza y dioses de nombres raros... pero original.- Y salió en dirección a la calle.
3. Quien siembra lluvias…
El cielo tenía el aspecto gris de la ceniza aquella mañana. El suelo aun estaba mojado por la lluvia del día anterior y junto a la entrada de la obra, precintada por un cordón policial, se acumulaba el barro blando, que manchaba las botas de Santos. Miraba con una mueca de desagrado el enorme y profundo agujero que había abierto la explosión de gas, dejando un amasijo de hierros y cemento esparcidos por todo el solar. Bajo su brazo llevaba su periódico favorito, el mismo que el de Bruno, “El Oráculo de la Mañana”. Lo compró para leer la versión de la prensa de la Explosión. Le costó lo suyo encontrarlo. Tuvo que buscar el artículo en las páginas interiores, en la sección de sociedad.
La primera plana la ocupaban los siguientes titulares:
TERREMOTO EN CHINA
El movimiento en la falla, localizada en el mar de la China, causa un tsunami que arrasa las costas de China y Japón
Miles de muertos en Asia.
Nueva alerta nuclear en Japón
ERUPCION VOLCANICA SUBMARINA EN EL HIERRO
ANONYMOUS AMENAZA CON SABOTEAR LAS REDES SOCIALES EL 5 DE NOVIEMBRE
LAS LLUVIAS EN TAILANDIA SIGUEN SIN REMITIR. CAOS EN BANGKOK
UN TEMPORAL DE NIEVE TEMPRANA PARALIZA LA COSTA ESTE DE ESTADOS UNIDOS
La cara de Santos se puso del mismo color gris que el cielo nublado. En uno de los rincones, junto a unas vigas, le había parecido ver un árbol. Un árbol robusto, pero bajo y achaparrado. No se explicaba cómo había sobrevivido a la explosión y ni siquiera se preguntó qué hacía allí un árbol. Entonces el árbol pareció moverse y le miró con unos terribles ojos negros sin pupilas…
Un súbito temblor empezó a sacudir a Santos desde la planta de los pies.
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