sábado 19 de noviembre de 2011

Cuento trivial con sentido del humor


Como un pulpo en un garaje.

I. PIOJOS.

Despiojarse. Ese era el objetivo. Una excusa, en realidad.

Los chimpances son, como sus primos humanos, animales sociales. Necesitan establecer unos vínculos estrechos entre ellos y relacionarse. Quitarle los piojos a tus compañeros es una manera de hacerlo rápida y limpia (esto sobretodo).

Un mono cualquiera esperaría que hurgando en el cuero cabelludo de una hembra surjiera algo más que un vil parásito. Esa pequeña chispa de la vida. Pero para empezar se encontraban lejos de la selva y eso limitaba de forma drástica su libertad de movimientos. Las paredes tenían ojos. Ojos humanos. Su situación hubiera sido menos cómoda, pero más esperanzadora, si se hubieran encontrado residiendo en un zoológico. Ya que, como mínimo, y ante la molesta supervisión de un par de bípedos vouyeurs, se les habría dado alguna oportunidad para mostrarse cariñosos y empáticos. Sabéis a Qué me refiero.

Claro que, tampoco estaban en un zoo.

La mayor de las ignominias para un chimpance, gorila o mico menor es verse reducido al status de sujeto para el ensayo, o en llanas –y humanamente dolorosas- palabras “conejillo de indias” (aunque si os topáis con alguno, evitad este calificativo si no quereis sufrir un ataque de bombas fabricadas con excrementos: la manera más rápida de alterar a un mono es llamarle conejillo, creedme).

El trabajo de investigación era, con mucho y a diferencia de la creencia generalizada, lo peor para un chimpance (la élite de los monos). Sobretodo cuando eran uno de los medios de dicha investigación. Un instrumento más, junto a un tubo de precipitado.

Su existencia hubiera sido tolerable si, a pesar de todo, se hubieran necesitado más chimpances, puesto que de ser así les hubieran permitido reproducirse. Pero nada más lejos de la realidad. Aquellos chimpances tenían una misión: iban a convertirse en héroes.

Admitámoslo. Ser héroe tiene una ventaja. Sólo una. La fama. Y la fama suele ser una compañera traicionera. Si el héroe alcanza el grado de “leyenda viva”, la fama se convierte en algo efímero. Pasa rápido. La gente tiende a olvidar con facilidad... en un corto plazo de veintiún días.

Otra opción es ser recordado para siempre, claro que esto suele significar que tuviste éxito, pero acabaste fiambre. Muerto. Game Over. Si eres una persona, al menos construyen un monumento dónde se puedan posar las palomas a hacer sus necesidades... la gente le pone tu nombre a sus hijos primogénitos... Si eres un mono... ¿alguna vez habéis visto la estátua de un mono?

Y dejadme que os cuente un secreto a voces. Los héroes de verdad –los que acaban en el cementerio con medallas colgadas de sus lápidas o, cómo los monos de laboratorio, en recipientes llenos de formol- no tienen la más mínima oportunidad de conseguir a la chica. Game Over, decía.

Chimpances con una misión, ¿acaso hay algo más absurdo?... muchos contestaréis: un humano con un próposito que espera escribir su nombre con letras bien grandes en el Libro de la Historia. Y sí, malpensad y estaréis en lo cierto. Nuestros amigos estaban en manos de esa clase de gente.

Habían sido seleccionados con el objetivo de llevar a cabo el último viaje que le quedaba por hacer a la humanidad. En fin –insertad redoble de tambor- La última frontera: El viaje en el tiempo.

El viaje en sí consistía en encerrar a un sujeto en una cabina parecida a un bólido de carreras de los años 50 del siglo XX y bombardearlo con partículas subatómicas mientras era disparado sobre su propio eje en un movimiento de rotación a una velocidad superior a la de la luz.

Las posibilidades de salir con vida era prácticamente nulas. Si no, no enviarían primero a un mono... el viaje lo haría un humano. Además, existía la posibilidad de que el salto temporal acabara descontrolado y el vehículo y su ocupante quedaran perdidos en algún momento demasiado lejano. La solución que encontraron los científicos humanos fue la siguiente: enviar algo parecido a un ser humano con la esperanza de obtener algo parecido al éxito. Reconoceréis que suena muy parecido a chapuza.

Así que, ni selva, ni zoo, ni laboratorio. Campo de pruebas y entrenamiento intensivo. Y ya se sabe, antes del partido nada de BUM BUM. Nadie quiere estar desconcentrado el gran día. ¿Qué te queda? Sacarle los piojos al de al lado.


II. JOEY.

Delante suyo tenía a un tipo curioso, con cara de sufrir estreñimiento y hemorroides pero con una estúpida sonrisa de felicidad dibujada en su rostro, símbolo inequívoco del uso reciente de hemoal, aunque eso Joey no lo supiera. Así que la única explicación que podía encontrar es que el tipo tenía un plátano en las manos, objeto que meneaba de una forma a la par sospechosa y poco productiva (Si Joey hubiera sabido lo de las hemorroides no hubiera si quiera pensado en coger aquel plátano).

¿Y qué tenía él? Tres estúpidas figuras. Un círculo, un triángulo y un cuadrado. Hubo un tiempo en el que también había habido una estrella. Pero Joey le había dado un uso peculiar, aprovechando el potencial dañino de las puntas de la estrella: la arrojaba a sus supervisores junto a ingentes cantidades de caca. Así que al final se conformaron con dejarle tres figuras.

El juego era estúpido y sencillo, debía encajar las figuras en su correspondiente ranura, tallada encima de una madera, en el menor tiempo posible. Joey lo podía lograr en apenas diez segundos, de manera hábil y diligente, pero había encontrado una manera de divertirse torturando a sus celadores. Fingía no entender las formas y luego intentaba hacerlas encajar a puñetazos en el lugar equivocado, mientras chillaba y daba golpes a diestro y siniestro. Cuando la desesperación hacía mella en los humanos, las encajaba y encima la daban el plátano. Luego, enseñando su portentosa dentadura en una mueca burlona, les seguía tirando caca de todas maneras. Sublime.

Joey era extremadamentre perceptivo. Enseguida comprendió que las pruebas eran parte de algo más grande. Después de años al cargo de humanos había aprendido a darse cuenta de estas cosas, y sabía que al final no podía haber nada bueno esperándole. ¿Por qué no divertirse a su costa, mientras tanto?

Eran cuatro. Un macho, dos hembras: Billy, Daisy y Dora. Y él.

Billy era un chimpance de lo más eficiente. Un zopenco, según Joey. No entendía nada, así que se limitaba a cumplir órdenes.

Daisy era la chica guapa, presumida y con piojos dulces como la miel.

Era evidente que ella y Bill (sólo dejaba que le llamaran Billy los humanos), estaban hechos el uno para el otro. Billy era todo un héroe, y Daisy funcionaba bien como comparsa.

Dora en cambio era un caso aparte. Joey sabía que había algo especial en ella. Su agresividad y hostilidad hacia los humanos no conocía límites. Joey se quedaba sin palabras ante su crueldad.

Con este panorama, Joey decidió dejar que todo pasara. Había estado en situaciones parecidas antes y sabía lo que iba a ocurrir. Al final, un día se llevarían a Billy, y ya nunca más sabrían nada de él. Luego a Daisy y a Dora (si es que se dejaba) las convertirían en hembras reproductoras y de él... se cansarían, menearían la cabeza y alguien diría aquello de “este no vale para nada, ¿qué hacemos con él? ¿Le damos pasaporte?” y luego “NO, espera, creo que fulano necesita un mono”.

Al final, lo que más le molestaba era la abstinencia sexual. Todo lo demás pasaría, tarde o temprano. Le habían metido en centrifugadoras, le habían sometido a índices de gravedad de todo tipo, le habían oradado todas la venas, le habían puesto trajes ridículos y un casco mientras le golpeaban con un martillo en la cabeza. Se empeñaron en hacerles llevar unos apretados trajes; que para el mayor de los colmos algún freak decidió decorar con un 4 y así pode llamarles los cuatro fantásticos...

Lo único que pedía a cambio era un poco de intimidad con Dora, pero no, aquellos desalmados se tomaban su venganza dándole descargas eléctricas en el culo cada vez que se acercaba a la hembra. Dos palabras le venían a la mente: malditos cabrones.

Lo que nadie sabía era que Joey se sentía profundamente solo, Y esto en un chimpance era algo excepcional, ya que a efectos prácticos no lo estaba: tenía dos campañeras y un supuesto amigo. Joey tenía una concepción del “yo” muy humana. Lastimosamente no podía contárselo a nadie y los humanos todavía no habían aprendido a comunicarse con los chimpances.

De cara a la galería se mostraba arisco y poco dado a muestras de sociabilidad, pero en el fondo tenía una sesibilidad y una inteligencia muy parecidas a las del ser humano. El hecho de que Bill lo mangoneara, de que Daisy le mostrara un franco desprecio y Dora hiciera gala de una dolorosa indiferencia le hacían desear, en muchas ocasiones, que lo escogieran a él para la misión, aunque significara su muerte. Cuando estos momentos de enajenación pasaban volvía a su cínica postura y se decía a sí mismo “No seas idiota y coge el plátano, cobarde”.

Y entonces Bill tuvo la genial ocurrencia de morir.


III. En el país de los ciegos, el mono es el rey.

Teniendo en cuenta que el cabezahueca de Bill era el que estaba mejor calificado para llevar la misión a cabo, con unas mínimas esperanzas de volver con vida, y el muy idiota se había inmolado en un ensayo común las posibilidades de salir bien parado le parecían ridículas.

Los humanos no se iban a echar atrás ante la idea de desperdiciar la vida de otro mono, por supuesto. Al fin y al cabo lo importante era que aquel cacharro funcionara como era debido y de hecho, el prototipo había explotado cuando se suponía que tenía que hacerlo ¿no?. Así que Joey se agarro bien fuerte los calzones, cuando la mirada del Jefe de Proyecto se posó sobre él. Y luego, cuando lo señaló con su dedo.

No le hubiera sentado mal un poco de calor simiesco para infundirle un poco del valor que necesitan los héroes. Desde la muerte de Bill, Daisy y Dora lo miraban con tierno afecto y hondo pesar. Sin embargo aquellos tipos seguían pensando que era mejor aislarlo y dejar que le consumieran los nervios y la desesperación. La noche se hizo interminable y Joey se vio sumido en un mar de profundas reflexiones que hubieran dejado en bragas a aquel grupo de científicos.

Por la mañana le sacaron de la jaula, le pusieron un traje blanco con una bandera de colores cosida en la solapa (el número 4 había perdido su sentido de manera trágica). Le metieron en aquel extraño vehículo lleno de luces y cargado de información para el futuro y le dispararon a una velocidad jamás experimentada antes por ningún ser vivo.

Las partículas subatómicas hicieron su trabajo y Joey sintió como su piel se estiraba, sus músculos se contraían y sus huesos se aplastaban. Y de repente, el vehículo y él mismo sufrieron una desintegración de su materia en el tiempo y el espacio. Empujados hacia delante por la velocidad extrema y agrupados y arropados por el magnetismo de las partículas subatómicas volvieron a materializarse, cumpliéndose una reconversión exacta de su esencia, su ser y su forma.

Habían viajado en el tiempo, hacia el futuro.

Joey no se preguntó qué había pasado, no sintió que le embargara ningún fervor patriótico, ni tenía noción de haber cumplido con su deber (y el de toda la humanidad). Sólo sabía que seguía vivo.

Por supuesto, no se encontraba en el momento en el que se suponía que debía estar.

El objetivo era avanzar dos años, reencontrado la cápsula poco después, mientras los científicos esperaban sentados en una playa bebiendo mojitos.

Se había contemplado un fallo comprensible de unos 20 años. El fallo esperado era de 200. El problemático estaba en 2000. Irrecuperable rondaba los 20000.

Joey, sin embargo, se había convertido en el primer ser vivo (el cacharro no cuenta) en viajar una distancia de 200000 años.

Nuestro amigo se materializó en una selva. Al principio no comprendió el por qué de aquel extraño cambio, pero se sintió aliviado y afortunado. En aquel lugar había suficiente fruta y comida para olvidarse de los malditos plátanos una temporada (los monos, aunque no nos lo parezca, comen muchas cosas).

Vagó un par de semanas por la selva hasta que fue encontrado.

Los humanos del año 202012 eran muy extraños. Más que los de antes. Joey estaba aterrorizado. No tenían pelo, la cabeza grande y apepinada, iban desnudos y no tenían dedos en los pies porque no los necesitaban, pues habían adquirido la extraña e inquietante habilidad de levitar cinco centímetros sobre el suelo. Y por supuesto, habían aprendido a comunicarse con otros animales, incluidos los chimpances de 200000 años de edad.

Le contaron qué le había ocurrido y le explicaron la mecánica de los viajes en el tiempo. De asombrosa y fácil comprensión, por cierto, aunque a aquellos viejos amigos suyos les hubiera resultado tan difícil. Otra cosa que habían aprendido los humanos en aquellos miles de años fue a comportarse de manera digna y respetuosa entre ellos, con las otras especies y con la naturaleza en general. Hacían bien las cosas, incluidos los viajes en el tiempo. Se habían vuelto menos chapuceros. ¡Evolución! ¿quién lo hubiera dicho de aquel atajo de incompetentes ególatras?.

Pasaron varias semanas y Joey se mostró contento al principio –humanos atentos y monos super-inteligentes conviviendo en perfecta harmonía- pero luego se dejó invadir por una profunda tristeza. Sentimientos contradictorios le embargaron al comprender que el inesperado éxito de su fracaso le había salvado de la muerte, pero le había privado de la dignidad del héroe “¡Qué extraño! Jamás pensé que me fuera a importar”. Además aquellas gentes, humanos y simios, habían convertido su excepcional viaje en algo común y controlado, y de pasada le habían robado su intimidad y su condición de simio más humano del planeta tierra.

Apesumbrado, y sabiendo que las cosas debían ser de este modo, Joey decidió aislarse y apartado de la civilización (auténtica), vivir como un ermitaño, pues la perfección de aquella sociedad ultra-moderna le hacía sentirse más solo aun que la cruda insensibilidad de su tiempo de origen o la vasta profundidad de la selva.

Pocos meses después, en el mismo punto al que llegó él, apareció de la nada su vieja amiga Dora. En el pasado los humanos seguían desperdiciando monos. Primero se alegró de que algunas cosas (incluso a través del continuo espacio-tiempo) siguieran igual. En segundo lugar su felicidad fue inmensa: Ya no estaba solo.

Se había convertido en el anti-héroe más paciente de la eternidad.

200000 años después, Joey y Dora aprovecharon para saldar una vieja cuenta pendiente con la humanidad, en la profundidad de la selva y los confines del universo.



2 comentarios:

desertdew dijo...

Thanks for sharing such valuable information.Keep posting such great info for us thanks

desertdew dijo...

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